sábado, 18 de julio de 2015

¿Cuándo nos volvemos realmente responsables de nuestros actos?


¿Cuándo nos volvemos realmente responsables de nuestros actos?
(Kédima Furquim)


Mis padres nunca me han obligado a hacer nada en lo que no estuviese de acuerdo, desde siempre me han explicado la importancia de tener las ideas claras; a decir verdad, siempre me he aprovechado de ello. Pero nunca me había planteado la idea que todo esto pudiera cambiar algún día.

Tengo un hermano más pequeño que yo; pobre de él porque siempre se ha llevado la culpa de todas las cosas malas que ocurrían en casa. Más tarde me di cuenta del distanciamiento que acabé provocando con ello.  En realidad la culpa de mucho de lo ocurrido, la tenía yo. Entonces ¿en qué tipo de persona me había convertido?  Mis padres siempre fueron muy buenos con nosotros, siempre nos dieron el espacio que necesitábamos para sentirnos bien con nosotros mismos, pero ese espacio para mí significada aprovecharme de mi hermano. Fue entonces cuando realmente me di cuenta de la necesidad de un cambio en mi vida.

Unos años después murió mi padre y pensé que el mundo se acabaría para mí, porque mi madre sola con nosotros dos… pero muy poco conocía de la fuerza que atesoraba mi madre. Nos sacó adelante sin quejarse ni un momento.

Siempre escuché hablar de la casa espírita que frecuentaba mi madre, llamada “Luz de la Caridad”, un lugar muy tranquilo que inspira confianza. Allí conocí a Isabel, una chica dulce y muy serena, y es que ¡me volví loco por ella! Ya tenía casi 30 años cuando conseguí ser realmente responsable de mis actos. Sí, quizá parece que tardé un poco en asumir mis responsabilidades. Isabel, me ha ayudado más que nadie con la transición de niño a hombre y gracias a ella mi relación con mi hermano es cada vez mejor.

Sin saberlo (porque en realidad su vida, antes, nunca me interesó), mi hermano iba a clases de educación espírita desde hacía muchísimos años y por esta razón él siempre ha sido consciente que yo no tenía conciencia. Hoy me siento avergonzado por haberme portado tan mal con él todo aquel tiempo; quizá si hubiese sido capaz de aceptarle habría aprendido a ser mejor persona, como él. Hoy con una cierta madurez, con una mayor conciencia, puedo aconsejar y demostrar la importancia de la educación espírita, la importancia de escuchar, la importancia de respetar, la importancia de evolucionar. No sé lo que me habré perdido estando tanto tiempo con los ojos cerrados, deseo trabajar mucho para borrar poco a  poco todos mis errores y deseo de todo corazón transmitir a mis hijos todo lo que estoy aprendiendo, frecuentando esta casa de amor. Deseo que no tarden tanto tiempo como yo en despertar, deseo ser tan paciente como lo han sido mis padres.

Hoy conozco la importancia que tiene la fe, la importancia del amor y la importancia de no juzgar, porque arrastré toda una media vida juzgando una persona y riéndome de él, cuando en realidad podría haber sido él quien se podría haber reído de mí, por permanecer tan estancado en esta vida y sin embargo no lo hizo. Le doy a él eternamente las gracias por enseñarme a ser el hombre que soy, o mejor será decir, el hombre que intento ser hoy.

¿Cuál es la mejor edad para hacernos responsables de nuestros actos? Desde siempre, desde que reencarnamos en la Tierra con nuestros propios compromisos. ¿Hemos tardado en aprender? No nos preocupemos, pues tendremos muchas más oportunidades para aprender, tendremos muchas más oportunidades de empezar de nuevo. ¿Nos hemos caído? Respiremos y adelante, no nos quedemos parados esperando a levantarnos, somos lo suficientemente fuertes para ello, basta confiar en nosotros mismos.

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