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COVID-19: ¿Una oportunidad perdida?

Humberto Werdine 


Estoy escribiendo este texto en los primeros días de septiembre de 2020, en el auge del inicio de la segunda ola del virus COVID 19, aquí en Europa. Mi familia fue alcanzada, mi esposa y una de mis hijas. Mi hija está prácticamente recuperada y mi esposa se recupera poco a poco. Ninguna de ellas necesitó ingreso hospitalario. Agradezco a Dios todos los días por su recuperación. Tengo amigos que han sufrido mucho con este virus. Unos tuvieron que ser entubados y se recuperaron después de muchas semanas de angustia y dolor. Otros, no tuvieron la misma suerte y fallecieron. Todos los que partieron eran de una edad parecida a la mía, entrados ya los 60 años. Esta misma semana, una querida amiga me envió un mensaje a mi whatsapp privado, calificando a esta enfermedad de maldita. He recibido varios comentarios parecidos de muchas y diversas personas que usan un adjetivo similar para esta enfermedad y, algunos, cuestionando por qué Dios habría mandado una enfermedad tan perniciosa. Vi muchas publicaciones en Internet que hacían referencia al capítulo Flagelos destructores del Libro de los Espíritus, específicamente en las respuestas a las preguntas 737 a 741. En este punto me gustaría dejar un espacio para la reflexión de quién quiera leer este artículo. 


Esta pandemia actual del COVID-19, hasta ahora, está muy lejos de ser un flagelo destructor. Para las familias que perdieron sus seres queridos, casi 900 mil en todo el mundo, hasta hoy, esta dolencia es muy devastadora, esto es innegable. Somos también conocedores, por los mensajes de los espíritus nobles, que todas estas personas están siendo amparadas en las diversas colonias espirituales que circundan nuestro planeta y estos es, para nosotros espíritas, un gran consuelo. Pero, como estaba diciendo, este virus hasta ahora está lejos de ser considerado un flagelo destructor y tampoco es una dolencia maldita o un castigo de Dios, como también escuché a algunas personas relacionadas a las religiones cristianas más fundamentalistas. 


Cien años atrás, sí hubo un flagelo bastante destructor que fue la gripe española, que infectó a 500 millones de personas, un poco más de un cuarto de la población mundial en aquel momento, y mató a más de 50 millones de personas. Es interesante informar que el sobrenombre de española se debió a una censura impuesta a la divulgación de esta enfermedad por los países recién salidos de la primera guerra mundial, que por sí misma había causado más de 17 millones de víctimas. Cuando la gripe Influenza llegó, causada por el virus N1H1, con una incidencia enorme, estas autoridades decidieron silenciar su ferocidad para no agravar aún más los dolores de aquellos pueblos que perdieron a millones de sus hijos e hijas en aquella guerra. Y las noticias llegaban solamente de España, que había permanecido neutral en la guerra y, por tanto, de ahí el nombre de gripe española. Si extrapolamos, para comprender estas cifras, considerando que el COVID hubiese tenido la misma incidencia y ferocidad del N1H1 de la gripe española, el mundo habría tenido, en esta pandemia, casi 2 billones de personas contagiadas y cerca de 200 millones de fallecidos, ¡un Brasil entero! 


¡Esto, sí habría sido un flagelo universal y una catástrofe mundial! Cada familia del planeta hubiese tenido, muy probablemente, una persona alcanzada por el virus y, la economía mundial entraría en colapso total. Tal vez, el hambre habría alcanzado a los países más ricos y este flagelo podría ser el divisor de aguas para el desarrollo de la solidaridad universal y un nuevo orden social. Los Espíritus nobles, al contestar a las preguntas que expusimos más arriba de Kardec, respondieron que la gran razón de ser de estos flagelos es un avance más rápido del progreso moral y material de la humanidad, como oportunidades para la solidaridad y para el avance de la ciencia en el descubrimiento de remedios y vacunas. En otras palabras, el mundo daría un salto en la dirección de una mayor solidaridad y de avances en la medicina para la cura de enfermedades después de estos flagelos. Ahora, la Espiritualidad Superior, con pena y gran amor por nosotros, nos ofrece un flagelo destructivo menor, para que aprovechemos las lecciones del gran sufrimiento derivado y ataque mundial de este virus, que no respeta fronteras, pero es pequeño en su voracidad. 


Pero, infelizmente, lo que vemos a diario en los medios de comunicación, son gobiernos en todo el mundo usando políticamente las dañinas consecuencias de esta pandemia. Vemos laboratorios de todo el mundo compitiendo entre sí, gastando fortunas, centenas de millones de dólares, para conseguir comercializar primero sus vacunas y, con esto, recuperar sus pérdidas, obteniendo ganancias astronómicas a costa de la pandemia. Estas aglomeraciones empresariales y estos gobiernos que las promueven están usando lamentablemente esta pandemia como una oportunidad de ganancia electoral y de preeminencia científica y económica.


Según mi visión de esta pandemia actual – un flagelo menor, es la de que la Espiritualidad amiga nos está dando una oportunidad única para que –sin la llegada de un virus destructor como el de la gripe española- un flagelo mayor, nosotros nos solidarizásemos más, nos uniésemos más; que comprendamos que todos somos iguales, ricos o pobres y de cualquier color de piel, y el virus nos ataca de igual manera. Es claro que, los más adinerados pueden tener un hospital mejor, pero el ataque del virus es igual, independientemente de la clase social. Esto debería haber servido para acaparar la atención de todos nosotros. Debiéramos haber aprovechado esta oportunidad para vivir más en familia, haber sentido más la importancia de un abrazo, estar junto a nuestros hijos junto a nuestros padres y abuelos, aprovechar más el tiempo juntos para rehacer planes, repensar nuestra vida y nuestros valores. 


Los gobernantes deberían haber visto la oportunidad que les ha sido dada para que los diferentes gobiernos se uniesen contra un enemigo común y promoviesen una lucha integrada para el desarrollo de una vacuna universal, aplicable a todos los ciudadanos del mundo. Ciertamente, el coste financiero y de recursos humanos hubieran sido mucho menores y la eficacia y rapidez de su desarrollo habrían sido mayores. 


El Presidente Carlos Alvarado de Costa Rica fue uno de los pocos jefes de estado que en un momento de lucidez y comprensión, nos dijo: “La pandemia COVID-19 mostrará un antes y un después en la historia de la humanidad, no solo en términos de nuestros sistemas de salud, sino también para trabajar juntos y para las relaciones entre las personas, porque a pesar de la crisis que enfrentamos, tenemos la oportunidad de tomar decisiones conjuntas que cambiarán para siempre el futuro de la población mundial a corto y medio plazo.” 


Y la escritora india Arundhati Roy fue muy clara cuando expresó: “Históricamente, las pandemias forzaron a los humanos a romper con el pasado y a imaginar un mundo nuevo. Esta no es diferente. Es un portal, es un pasaje entre un mundo y el otro. Podemos escoger caminar por él, arrastrando los cadáveres de nuestros preconceptos y odio, nuestra avaricia, nuestros bancos de datos e ideas muertas, nuestros ríos muertos y cielos contaminados, marcha atrás, o podemos caminar con levedad, con poco equipaje, listos para imaginar otro mundo. Y listos para luchar por eso.” 


Pero no está ocurriendo así. Hubo mucha solidaridad, sí, pero fue puntual y no institucional. Los gobiernos y los gobernantes del mundo y los grandes laboratorios no se unieron; no hubo la solidaridad esperada por la espiritualidad, y el egoísmo y la búsqueda de ganancias que una posible vacuna irá a proporcionar, fueron el leit-motiv que están por detrás de las acciones que vemos en los periódicos. El Papa Francisco, mostrando su frustración y decepción nos dijo recientemente: “Sería muy triste si la prioridad de la vacuna COVID-19, fuese ofrecida a los más ricos. Sería triste si esa vacuna se tornase propiedad de esta nación o de aquella otra, en lugar de ser universal y para todos. La pandemia reveló la difícil situación de los pobres y la gran desigualdad que reina en el mundo”. 


Nosotros, espíritas, aprovechamos esta pandemia para hablar de las señales de un planeta de regeneración que están en gestación. Pero surgen preguntas: ¿será que nosotros estamos aprovechando esta oportunidad para realmente repensar nuestras acciones y siendo así, poder salir de esta crisis más livianos, propensos a perdonar más, a tolerar más? ¿Será que la lección dejada por Jesús de caminar una milla más, de hacer siempre un poco más, está siendo aprovechada o será aprovechada después de la pandemia? ¿O tendremos que esperar una segunda, tercera, cuarta ola cada vez más dañina de esta pandemia, u otra más grave, para que finalmente nos acordemos? Si los gobernantes quieren su reelección a cualquier precio, si los laboratorios buscan sus lucros abusivos, todo esto es problema de ellos. Ahora, si nosotros no hacemos nuestra parte, aprovechando este tiempo para salir mejores seres humanos, esto en realidad, es problema única y exclusivamente nuestro. ¡Es el momento de una gran reflexión! Creo que es momento de recordar las palabras del Espíritu de Verdad, en el Evangelio según el Espiritismo:

 

“Trabajemos juntos y unamos nuestros esfuerzos, a fin de que el Señor, al llegar, encuentre acabada la Obra”, por cuanto el Señor les dirá: “¡Venid a mí, vosotros que sois buenos servidores, vosotros que supisteis imponer el silencio a vuestros celos y vuestras discordias, a fin de que la Obra no fuera dañada!” Pero, ¡Ay de aquellos que, a causa de sus disensiones, hubieran retardado la hora de la cosecha, pues la tempestad vendrá y ellos serán arrastrados por el torbellino!” 


Esta pandemia nos está dando oportunidades inmensas para que podamos repensar nuestras acciones y, por tanto, podamos desarrollar el silencio a nuestros celos y a nuestras discordias. ¿Por qué no detenemos nuestros egoísmos y preconceptos? ¿Por qué no aprovechamos este tiempo? ¡Jesús tiene prisa!


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