domingo, 29 de junio de 2014

No es más rico el que más tiene...

Hola familia,
la hermana menor no fue al centro ayer, pero a juzgar por el texto de estudios enviado por nuestros monitores, puedo imaginarme que la “felicidad” fue un tema central en toda la reflexión de la tarde.
Si vamos al Libro de los Espíritus, en la pregunta 614 nos dicen lo siguiente:
La ley natural es la ley de Dios y la única verdadera para la felicidad del hombre. Le indica lo que debe hacer y lo que no debe hacer, y no es infeliz sino cuando se aparta de ella.
En otras palabras, lo que los espíritus nos están diciendo es que si observamos nuestras vidas y encontramos situaciones que nos causan infelicidad, debemos entender que hemos sido nosotros los que hemos atraído estas situaciones a nuestras vidas. Puede que en la actualidad estemos "apartados de la ley de Dios”, tal vez lo hayamos hecho en un pasado reciente o tal vez en otra encarnación. Lo que debemos entender, sin embargo,  es que la felicidad no es una cuestión de lotería. Cada uno tiene en sus manos la posibilidad de ser tan feliz como es posible en este planeta, siempre que busque estar en armonía con la ley cósmica de amor.

En la pregunta 920, Kardec pregunta algo realmente importante a los espíritus: ¿Puede el hombre gozar en la Tierra de una felicidad completa?
La respuesta es esclarecedora:
No, puesto que la vida le ha sido dada como prueba o expiación. Pero depende de él dulcificar sus males y ser  tan feliz como es posible en la Tierra.
Podemos “dulcificar nuestros males” a través de nuestra actitud. Rebelarse contra Dios o echar la culpa de la propia infelicidad a los demás es una actitud contraproducente. Cuanto antes cobremos conciencia de que debemos vivir según los valores de la humildad, la solidaridad y del respeto por todas las criaturas de Dios, más cerca estaremos de conseguir “dulcificar” nuestras existencia. 

Podemos y debemos ser felices. Nos dice la amiga Joanna de Ângelis a través de las manos de Divaldo Franco en el libro El Ser Consciente que el significado de la vida se encuentra en buscar y encontrar la felicidad. En general, nos cuesta mucho encontrar el justo equilibrio entre el placer - satisfacción de necesidades transitorias -  y la felicidad, que es un estado de paz y armonía con la ley de Dios. Si ponemos nuestras expectativas de felicidad en los valores del materialismo, lo más probable es que vivamos llenos de ansiedad, frustración, envidia, ganancia y avaricia. Sin embargo, cualquiera que haya despertado para la vida espiritual sabe que ahí no está la felicidad. Esto es algo tan obvio que incluso los publicistas de Ikea nos lo han reafirmado en aquella frase tan sencilla como verdadera:
No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita.
Pasemos revista de nuestras necesidades. Observemos qué es lo que nos hace sufrir. Analicemos cada uno el propio comportamiento y pidamos auxilio de los buenos espíritus. Que nos puedan dar resignación para aceptar lo que nos toca vivir como rescate de los desvíos del pasado; que tengamos fuerza para resistir a las malas influencias en el presente; que podamos trabajar por la auto-iluminación en cada gesto, pensamiento y palabra, para sembrar un futuro más pleno de felicidad y armonía para uno mismo y para nuestro planeta.
¡Sea el Maestro nuestro guía hoy y siempre! La paz del que nos conduce hacia la felicidad perenne.

Cariños de la hermana menor

jueves, 26 de junio de 2014

PENAS Y GOZOS TERRESTRES

Hola familia,

nuestros monitores nos envían el texto de estudio para la clase de sábado.

Cariños de la hermana menor

PENAS Y GOZOS TERRESTRES

El hombre vive buscando incesantemente la felicidad que también incesantemente se le escapa, porque la felicidad pura no existe en la Tierra. Entre tanto, a pesar de las vicisitudes que integran el inevitable cortejo de esta vida, podría por lo menos, disfrutar de una relativa felicidad si no la buscara en las cosas perecederas y sujetas a esas mismas vicisitudes, es decir, en los placeres materiales, en vez de buscarla en los goces del alma que son un anticipo de los regocijos celestiales, imperecederos. En vez de procurar la paz del corazón, única felicidad real en este mundo, está ávido de todo aquello que lo conmociona y perturba, y, ¡cosa singular! Parecería que el hombre creara intencionalmente para sí mismo, tormentos que está en sus manos evitar. Por el contrario, cuántos tormentos se evita aquel que sabe contentarse con lo que tiene, que mira sin envidia lo que no posee, que no trata de aparentar más de lo que es. Éste es siempre rico porque no crea necesidades quiméricas para sí mismo. Y esa serenidad, ¿no será una felicidad, la calma en medio de las tempestades de la vida?.


Al ignorar la realidad espiritual que lo cerca y la continuidad de la vida después de la muerte del cuerpo físico, el  hombre carnal, más apegado a la vida corporal que a la espiritual, tiene en la Tierra penas y placeres materiales. Su felicidad consiste en la satisfacción fugaz de todos sus deseos. Su alma, preocupada y angustiada constantemente por los avatares de la vida, se mantiene en una ansiedad y una tortura perpetuas. La muerte lo atemoriza porque duda del futuro y porque tiene que dejar en este mundo todos sus afectos y esperanzas. El hombre moral, que se ha elevado por encima de las necesidades ficticias que crean las pasiones, obtiene ya en este mundo, gozos que el hombre material desconoce. La moderación de sus deseos le brinda calma y serenidad al Espíritu. Dichoso por el bien que realiza, no sufre decepciones, y las contrariedades se deslizan por su alma sin dejarle ninguna impresión dolorosa.

De esa manera muchos se sorprenden de que haya en la Tierra tanta maldad, tantas pasiones viles, tantas miserias, enfermedades de toda clase, y llegan a la conclusión de que la especie humana es una triste cosa. Pero este juicio proviene del punto de vista limitado en el que se colocan quienes lo emiten, que les da una falsa idea del conjunto. La situación material y moral de la Humanidad terrestre no tiene que asombrarnos, porque debemos tener en cuenta el destino de la Tierra y la índole de aquellos que la habitan.

En ese sentido, sabemos que el planeta Tierra pertenece a la categoría de los mundos de expiación y de pruebas, razón por la cual el hombre vive en ella luchando con tantas miserias. El ser humano no puede aún gozar de completa felicidad en el planeta, porque aquí la vida le ha sido otorgada como prueba o expiación. Por lo tanto, depende de él que sus males se suavicen y que sea tan feliz cuanto le es posible serlo en la Tierra. En realidad, el hombre es casi siempre el artífice de su propia desdicha. Si practica la ley de Dios, evitará muchos de sus males y se proporcionará a sí mismo una felicidad tan grande como su existencia grosera se lo permita. Aquel que está bien identificado con su destino futuro no ve en la vida corporal más que una estadía temporaria, un período momentáneo en un pésimo hospedaje. Se consuela fácilmente de los inconvenientes pasajeros que pueda tener durante un viaje que lo conducirá a una posición tanto mejor cuanto mayores hayan sido las precauciones que tomó en los preparativos para emprenderlo.

Debemos recordar que nuestra precaria evolución espiritual representa un serio obstáculo para la correcta utilización del libre albedrío, por eso es que nuestras elecciones no siempre son las más acertadas. Entretanto, a medida que vamos incorporando mayor caudal de conocimiento y de moralidad, comenzamos a darle menos importancia a las exigencias impuestas por la vida en el plano material. En este sentido, el sentimiento de posesión, aceptado generalmente como un estado de felicidad plena, es sustituido por otro: el del desprendimiento de las cosas materiales. Vemos, entonces, que verdaderamente el hombre es desdichado cuando carece de lo necesario para vivir y para mantener la salud del cuerpo. Pero, – es oportuno destacar – puede suceder que esa carencia haya sido ocasionada por su culpa. Entonces, sólo tendrá que quejarse de sí mismo. Si hubiera sido ocasionada por otro, la responsabilidad recaerá sobre aquel que la causó.

Nos enseña la Doctrina Espírita que comúnmente, el hombre es desdichado sólo por la importancia que le otorga a las cosas de este mundo. Producen su infelicidad, la vanidad, la ambición y la codicia, que le causan decepción. Si se ubicara fuera del estrecho círculo de la vida material, si elevara sus pensamientos hacia lo infinito, que es su destino, las vicisitudes de la Humanidad le parecerían insignificantes y pueriles. Aquel que sólo es dichoso satisfaciendo su orgullo y sus apetitos groseros, es desdichado porque no los puede satisfacer, mientras que aquel que no le interesa lo superfluo es feliz con aquello que los otros consideran calamidades. El hombre tiene la facultad de reflexionar sobre los medios de obtener consuelo y de analizarlos. Ese consuelo lo encuentra en el sentimiento cristiano que le brinda la esperanza de un futuro mejor, y en el Espiritismo, que le da la convicción de ese futuro.

Al comprender que somos nosotros los artífices de nuestro destino, comenzamos a ser más cuidadosos con nuestros deseos y con las cosas que elegimos. Con el Espiritismo, ampliamos nuestra visión respecto de las penas y gozos terrestres, y percibimos que las vicisitudes de la vida derivan de dos fuentes muy diferentes que es importante distinguir. Unas tienen su causa en la vida presente; las otras, fuera de esta vida. Si nos remontamos al origen de los males terrestres, se reconocerá que muchos de ellos son consecuencia natural de la índole y del proceder de los que los padecen. ¡Cuántos hombres sucumben por su propia culpa! ¡Cuántos son víctimas de su imprudencia, de su orgullo, de su ambición! ¡Cuántos se arruinan por falta de orden, de perseverancia, por proceder mal, o por no haber sabido limitar sus deseos! ¡Cuántas uniones desdichadas por haber sido el efecto en un cálculo de intereses o de la vanidad en los que nunca intervino el corazón! ¡Cuántas discrepancias y funestas disputas pudieron haberse evitado con un poco de moderación y menos susceptibilidad! ¡Cuántos padecimientos y enfermedades se originan a causa de la intolerancia y de toda clase de excesos! ¡Cuántos padres sufren por causa de sus hijos, por no haber combatido sus malas tendencias desde el principio! Después, cuando cosechan aquello que sembraron, se asombran y se afligen por la falta de consideración con que son tratados, y por la ingratitud que reciben.

Interroguen fríamente sus conciencias aquellos a los que las vicisitudes y decepciones de la vida han herido su corazón. Remóntense paso a paso hasta el origen de los males que los torturan, y comprobarán que la mayoría de las veces podrán decirse: Si yo hubiera hecho – o no hubiera hecho – tal cosa, no estaría en esta situación.

Entonces, ¿a quién ha de responsabilizar el hombre de sus aflicciones sino a sí mismo?.
Muchísimas veces es quien ocasiona sus propios infortunios, pero, en lugar de reconocerlo, le resulta más sencillo y menos humillante para su vanidad acusar a la suerte, a la Providencia, a la fortuna, a su mala estrella, mientras que la mala estrella es sólo su negligencia. Indudable- mente, los males de esta naturaleza son muy numerosos dentro de las vicisitudes de la vida. El hombre los evitará cuando se esfuerce por mejorarse tanto moral como intelectualmente.

En efecto – esclarece el Espíritu François Nicolás Madeleine, - ni la riqueza, ni el poder, ni la florida juventud son
condiciones esenciales para la felicidad. Digo más: ni aún reunidas esas tres condiciones tan deseadas. En este mundo, a pesar de que se haga lo que se pueda hacer, cada uno tiene su parte de trabajo y de miseria, su cuota de sufrimientos y de decepciones. De esto se llega fácilmente a la conclusión de que la Tierra es un lugar de pruebas y expiaciones. Así pues, los que predican que ella es la única morada del hombre y que sólo en ella y en una sola existencia es que le cabe lograr el más alto grado de felicidad que su naturaleza le permita alcanzar, se ilusionan y se engañan aquellos que los escuchan, porque está demostrado a través de una experiencia multisecular, que sólo excepcionalmente este globo reúne las condiciones necesarias para que el individuo sea feliz por completo.

Aquello en que consiste la felicidad en la Tierra es algo muy efímero para aquel a quien no lo guía el buen tino, porque, salvo por un año, un mes o una semana de completa satisfacción, el resto de su existencia es una serie de amarguras y decepciones. Y tened en cuenta, mis queridos hijos, que estoy hablando de los dichosos de la Tierra, de los que son envidiados por las multitudes.


Por consiguiente, si las pruebas y la expiación son características de la morada terrestre, es forzoso admitir que en algún lugar hay moradas más favorecidas donde el Espíritu, aunque continúe encarcelado dentro de la carne material, disfruta plenamente de los goces inherentes a la vida humana. Esta es la razón por la cual Dios sembró en vuestro torbellino esos bellos planetas superiores hacia los cuales vuestros esfuerzos y tendencias os atraerán un día, cuando os halléis lo suficientemente purificados y perfeccionados.



lunes, 23 de junio de 2014

20 aniversario del Centre Espírita Amalia Domingo Soler - Parte final

La historia del Centre Espírita Amalia Domingo Soler - Parte final

En la última parte de este artículo, Teresa nos explica cómo nuestro centro tomó el nombre de Amalia Domingo Soler. Así despedimos esta sección, tan apreciada por nuestros lectores. Nunca olvidaremos nuestras raíces, nuestro origen humilde y familiar.


Este número especial de Visió Espírita dedicado a Amalia, quiero explicaros por qué nuestro centro se llama Centre Espírita Amalia Domingo Soler. Fue hace ya unos cuantos años, precisamente cuando en Igualada se celebró el primer encuentro de hermandad espiritista de Cataluña. Lo organizaron los compañeros espíritas de Igualada en la casa de Blas y Teresa, y desde entonces siempre ha sido así cada primer domingo del mes de junio.

Recuerdo que aquel domingo hacía un día claro y soleado. No había nubes que aborregasen el cielo. En el coche íbamos de camino con una gran emoción. Recién habíamos comenzado nuestras clases sistematizadas e íbamos con el deseo de legalizar la asociación y federarnos en la Federación Espírita Española. Era un momento importante. Todavía no teníamos un nombre decidido. Hasta el momento éramos el Grup Espírita Sagrada Família, en honor al barrio donde realizábamos las actividades en Barcelona, pero aquel sólo era un nombre provisional. Nos hacía falta encontrar nuestra propia identidad.

La figura de Amalia era muy significativa para nosotros. Amalia representaba el espíritu libre y luchador de una mujer que siguió sus principios frente a las adversidades y las pruebas que la vida le puso delante. Su constancia, perseverancia y voluntad eran para nosotros un ejemplo de vida a seguir. Ella significaba lo que queríamos para nuestro centro, un lugar donde acoger al necesitado y darle herramientas, conocimiento, recursos y afecto necesarios para que su vida tuviera un nuevo sentido que le impulsara al cambio, a la transformación, al sentido crítico y a la verdadera hermandad por amor. Amalia era nuestra luz y fuimos llegando al encuentro de Igualada con este nombre en nuestros pensamientos. Hasta ese momento sólo era una propuesta que necesitaba estudiarse con calma.

El día iba transcurriendo entre risas, la alegría del reencuentro, conversaciones instructivas a la sombre de los árboles, juegos infantiles, buena comida y buena hermandad. Cuando llegó la tarde, los compañeros de Igualada nos fueron citando a todos los representantes de los centros, grupos y asociaciones espiritistas que estábamos allí presentes para obsequiarnos con un recuerdo precioso: el retrato de Amalia en una lámina enmarcada y un poema suyo. 



Fue en ese momento que supimos que nuestro centro podría llamarse Centre Espírita Amalia Domingo Soler, porque la presencia de Amalia, su fuerza, su carisma, seguía iluminando desde allá donde se encontrase, confirmándonos desde aquel rostro enmarcado, que ella podía ser nuestra patrona.

"¡Siempre! (nos responde un eco) Siempre hallaréis un camino, donde el Hacedor divino nada hizo estéril ni seco: a la peña le dio hueco para que en ella escondida, se encuentre agua bendecida en donde apague su sed aquel que sediento estaba; porque en la tierra no hallaba quien le dijera ¡Creed!"

Finalizamos este serie sobre la historia del Centre Espírita Amalia Domingo Soler agradeciendo la protección que nuestra amada madrina y de la espiritualidad amiga. Y nada mejor que un pequeño vídeo conmemorativo de esos 20 años de amor, paz, aprendizaje, respecto, paciencia y mucho trabajo.

¡Feliz aniversario, CEADS!!



domingo, 22 de junio de 2014

La parábola de los dos hijos : un ensayo sobre el libre albedrío

¡Hola familia!

algunas veces tenemos la oportunidad de aprender cosas nuevas. Otras veces, tenemos la ocasión de volver sobre cosas que creemos que ya sabemos, y aprendemos más. El sábado fue unas de estas ocasiones en la que no se dice nada nuevo, que ya lo sabíamos todo... y sin embargo, ¡cuánto nos falta por asimilarlo! Janaina nos presentó la conferencia "La parábola de los dos hijos", sobre la que ya había publicado un texto en el número 19 de Visión Espírita. Os pongo a continuación el texto publicado en la revista. Todo el mundo es capaz de mirar a su alrededor y ver cuántos "hijos menores" y cuántos "hijos mayores" existen en su familia, en su lugar de trabajo o en la sociedad. Pero... ¿cuántos somos capaces de ver reflejadas nuestras propias equivocaciones en la parábola de los dos hijos?

¡Que disfrutéis de la lectura!

Cariños de la hermana menor

La parábola de los dos hijos
un ensayo sobre el libre albedrío
Las parábolas de Jesús no tienen un significado cerrado ni se pueden entender de forma literal. El legado del Maestro es toda una invitación al examen de conciencia. Consideremos una de las más comentadas, la parábola de los dos hijos. Es curioso que a menudo nos refiramos a ella como la parábola del hijo pródigo o del hijo perdido. Pero Jesús no hizo mención únicamente al hijo menor. De hecho, así empieza la parábola: 
Un hombre tenía dos hijos.
Nos hemos centrado exclusivamente en el hijo menor, el que se equivoca y vuelve a casa para ser perdonado por el amor incondicional de su padre, porque ésta era la lectura que más nos interesaba. Por conveniencia nos interesaba que, únicamente con arrepentirnos, Dios nos perdonara nuestras equivocaciones. Y final feliz. Nada más lejos de la realidad. La propuesta que nos hace el Jesús en esta parábola es de un profundo examen de nuestra conciencia. Vamos a ver si somos capaces:
El menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde.” Y él les repartió los bienes.
Veamos, ¿nos habíamos fijado en la justicia del Padre? Quién le pide su parte de la herencia es el hijo menor, pero él reparte entre los dos hijos lo que le corresponde a cada uno. Lo hace sin discutirlo, sin intentar disuadir su hijo pequeño. Es posible que sintiera dolor por su decisión, pero no nos relata Jesús ningún sentimiento negativo del Padre. Éste actúa con justicia y serenidad, respetando la decisión de su hijo. Nosotros podemos leer la actitud del hijo menor como una ofensa o como ingratitud. Pero el Padre sólo ve en ella inmadurez. Con su gesto, demuestra confianza en la capacidad del hijo de seguir adelante. Si lo hubiese prendido en casa físicamente o negándole los recursos para seguir viaje, el hijo, sintiéndose insatisfecho, le podría echar la culpa: tú eres la causa de mi sufrimiento. Pero no es así como actúa el Padre. El Padre de la parábola y Dios, como nos intenta explicar Jesús, no limitan nuestras acciones, aún cuando escogemos caminos más duros para nuestra evolución. Dios sabe que somos capaces de gobernar nuestras vidas, puesto que nos ha dotado con todos los recursos para sobrellevar cualquier situación a la que nos enfrentemos.


Sigamos. Ni bien se había visto lejos de la vista del padre, el joven se puso a desperdiciar sus recursos. En lugar de ponerse a trabajar en el campo de su padre, de ocuparse de sus trabajadores, de administrar su herencia, el joven elije gozar de los recursos que el padre le había reservado para que viviera una vida feliz. El joven quiere vivir como un niño, que tiene todo lo que quiere, en el momento que lo desea, sin tener obligación de trabajar. Pero como ya no es un niño, ¿qué es lo que pasa? Los recursos se agotan y la vida le convoca a vivir las consecuencias de sus actitudes desequilibradas. Aquí vemos claramente como la conciencia se resiste a madurar y cae en comportamientos más bien característicos de la inmadurez evolutiva. Al ser una conciencia plenamente individualizada y,  por tanto, responsable de sus actos, experimenta el dolor que sus elecciones le causaron. El hijo menor no puede culpar a su padre por el hambre que experimenta, así como nosotros no podemos culpar a Dios por las carencias físicas, económicas o emocionales a las que nos enfrentamos. Como el joven, recogemos la cosecha de nuestros propios actos, bien de la presente existencia física o bien de existencias anteriores.
Cuando lo tenía todo en casa de su padre, este joven se resistió a madurar. Ahora, sin embargo, lejos de casa, trabajando en condiciones muy precarias y sufriendo hambre, es capaz de hacer el examen de conciencia que no pudo hacer cuando vivía en la prosperidad. 
Entonces volviendo en sí, dijo: “¡Cuántos jornaleros en la casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!
¡Qué interesante! Antes de volver a la casa del Padre, el joven tiene que volver en sí! No se puede volver al lugar donde hay paz y tranquilidad de conciencia, armonía y abundancia afectiva, material y intelectual sin antes "volver en sí". El joven finalmente es capaz de ver las cosas más claras. La experiencia dolorosa le ayuda a reconocer la generosidad de su padre. Jesús nos está invitando al análisis de nuestras propias conciencias. El auto-conocimiento es el camino de la liberación del sufrimiento. Otros senderos nos alejarán todavía más de la casa del Padre Celestial. Para volver a casa, adonde pertenecemos por descendencia divina, debemos aprovechar las experiencias dolorosas para “volvernos en nosotros mismos” y sí ver donde nos equivocamos. Pero el joven, que empieza abandonar la resistencia a la madurez, no se queda en el auto-análisis. Dice:  
Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti.
Hace planes para corregir sus errores. Abandona el orgullo y se abre a la humildad. Se levanta y va a su padre. Este momento de iluminación puede estar pasando en nuestras vidas ahora mismo: si estamos viviendo un momento difícil, tal vez podamos aprovechar la lección para abandonar la resistencia, dominar el orgullo y presentarnos con humildad ante las leyes cósmicas universales de causa y efecto. Pero tal vez este momento de iluminación pasó en alguna existencia física anterior. Si nos enfrentamos a las dificultades sin rebelarnos, sin murmurar y con fe, es que ya nos hemos presentado ante el tribunal de nuestra propia conciencia. Dios nos acogió en su seno de amor y nos envió a una nueva existencia física, a trabajar en la restauración de lo que habíamos destruido en el pasado. Por doloroso que pueda parecer visto desde la perspectiva de una única existencia física, este es el final feliz al que provisionalmente tenemos derecho.
Pero nos queda la otra mitad de la parábola. Éste es el final provisionalmente feliz al que tiene derecho el hijo menor. Todavía nos falta analizar al hijo mayor, que el ego se ha encargado de denominar “obediente” y a veces “incomprendido”. ¿Quién nunca se ha identificado con el hijo mayor? “Entonces resulta que éste (mi hermano menor) se va, mientras yo me quedo aquí trabajando, y cuando vuelve, ¿como si no hubiera pasado nada? ¿Dónde está la justicia de mi padre?”. ¿No tenía razón de estar enojado el hijo mayor?” Volvía él del campo cuando vio las señales de la fiesta en casa. Cuando supo qué pasaba, se negó a entrar. Casi puedo sentir su revuelta, la rabia hacia su hermano, el resentimiento hacia su padre… Es que lo veo ahí, negándose a entrar en casa mientras el padre le explica que la fiesta se debe a que su hermano ha vuelto. Fijémonos en qué le dice a su padre:
“He aquí, tantos años te sirvo, y jamás he desobedecido tu mandamiento; y nunca me has dado un cabrito para regocijarme con mis amigos. Pero cuando vino éste tu hijo que ha consumido tus bienes con prostitutas, has matado para él el ternero engordado.”
Aquí es cuando cae la máscara del ego del hijo mayor, que muchos habíamos tomado por “obediente”. Primero, resulta que es un hipócrita: dice que el mandamiento que ha observado es suyo, de su padre, es decir, no lo ha seguido por convicción, sino que lo ha obedecido por sumisión. Segundo, es un mentiroso y chantajista: dice que nunca ha recibido un cabrito para celebrar con sus amigos cuando, en el momento que se va su hermano menor, recibe su parte de la herencia. Tercero, es un resentido: dice “éste tu hijo”, incapaz de nombrarle como su hermano, incapaz de sentirse feliz por su vuelta. Cuarto, es orgulloso y se siente en condición de juzgar a su hermano menor, criticando cómo ha malgastado su dinero.
Vaya, vaya con el hijo obediente. Ya no cae tan bien… ¿a qué no? Pero Jesús nos invita a tener por él la misma clase de compasión que experimentamos por el hijo menor cuando tiene que cuidar a los cerdos, aunque fuera hebreo. Esto era lo más bajo que uno podía caer y por esto su sufrimiento era aún más agudo. Cuando pensamos en el sufrimiento del hijo menor, nos compadecemos. Pero cuando vemos al hijo mayor tal como realmente es, sin la máscara del ego, no siempre somos capaces de la misma compasión. Pero él es tan digno de ella como su hermano menor. Jesús quiere con esta parábola que dejemos caer nuestras máscaras, que nos veamos como verdaderamente somos, y que seamos capaces de ser compasivos con nosotros mismos. Si en algún momento hemos mirado hacia los demás y hemos pensado “¿Por qué a mí no me puede ir tan bien como a él?”; “Yo oro, ‘me porto bien’, voy al centro espírita… pero sigo teniendo problemas…”; ¿No seré yo tan mala persona…”... Si en algún momento criticamos las personas que viven las pasiones de forma libre, actuamos como el hijo mayor. Condenar el comportamiento ajeno es una forma de doble resentimiento: por un lado pone de manifiesto el deseo frustrado de hacer lo que el otro hace; por otro lado, expresa envidia porque el otro sí es capaz de hacer lo que desearíamos haber hecho.


Ésta es una clase de sufrimiento más difícil de vencer porque el ego recurre al desarrollo intelectual del espíritu – no olvidemos que es el hijo mayor – para auto-justificarse. De hecho, Jesús no nos cuenta si el padre logra convencerle a entrar en casa. La parábola acaba con el padre que intenta explicarle que todo lo que le pertenece es suyo también. El padre intenta hacer ver al hijo mayor que es mejor alegrase por su hermano que perderse en la negatividad.
“Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Pero era necesario alegrarnos y regocijarnos, porque este tu hermano estaba muerto y ha vuelto a vivir; estaba perdido y ha sido hallado.”
¿Entraremos en casa los hijos mayores? Este acto de humildad, juntamente con el sincero sentimiento de alegría por la vuelta se su hermano menor, sería el cielo provisional al que podría aspirar el hijo “obediente”. Pero en sus manos está la decisión: puede marchar de la casa del padre, como hizo su hermano años antes; puede entrar, una vez más sometiéndose sin convicción a un mandamiento que no reconoce y fingiendo aceptar a su hermano; o puede abandonar la resistencia, dominar el orgullo, y abrirse a la humildad y a la experiencia del amor.
Creo que la parábola acaba así porque Jesús no quiere y no puede decidir por nosotros. Cada uno, en el momento de iluminación al que le convoca el dolor, debe enfrentarse a la decisión: ¿volveré a la casa de mi padre?, si somos espíritus menos experimentados por la vida; o ¿entraré en la casa de mi padre? Si hemos vivido un poco más sin progresar satisfactoriamente en la experiencia del amor fraternal.
La parábola de los dos hijos es un verdadero ensayo sobre el libre albedrío. El buen uso del libre albedrío lleva a la conquista del Hombre Integral. El mal uso, lleva al refuerzo de las estructuras del ego, cuando lo que debemos hacer para progresar es precisamente dominarlo. Cuando usamos mal el libre albedrío, caemos en actitudes de desamor hacia uno mismo o de pseudo amor. En el cuadro de las actitudes de desamor, reconocemos al hijo menor, cuya conciencia inmadura cree necesitar experiencias que provocan la excitación de los sentidos. Al hijo mayor le reconoceremos en las actitudes de pseudo amor, cultivando las máscaras del ego para esconder cuestiones no resueltas en su foro intimo.


En algún momento de nuestras existencias físicas, todos hemos actuado como el hijo mayor o el hijo menor – ¡si es que no lo estamos haciendo ahora mismo! Podemos pasar existencias interas, y seguramente lo hicimos en existencia anteriores, portándonos como hijos menores o mayores... La propuesta de auto-examen, sin embargo, no tiene como objetivo el auto flagelo. Lo que debemos hacer es identificar las zonas de nuestra personalidad que necesitan ser limadas con mayor urgencia. Como nos dice Joanna, “El hombre simplemente debe renovarse para mejor, actuando con corrección, sin conciencia de culpa, sin auto-compasión, sin ansiedad. Vivir el tiempo con dimensión atemporal, en entrega, confianza y paz.” La noble amiga nos dice que “la felicidad relativa existe y está al alcance de todos desde que haya la aceptación de los acontecimientos tal como se presentan. La resolución para ser feliz rompe las amarras de un carma negativo frente a la oportunidad de conquistar méritos a través de las actitudes de amor, entrega y servicio altruista”.

jueves, 19 de junio de 2014

Conferencia en CEADS

Hola familia,

el próximo sábado en CEADS, conferencia a cargo de Janaina Minelli:


"La parábola de los dos hijos"




de 17:30 a las 19:00

Entrada libre y gratuita

Cariños de la hermana menor

domingo, 15 de junio de 2014

Momentos de "Hombre de bien"

Hola familia,

ayer en CEADS volvimos a estudiar el tema del “hombre de bien”. Algunos os preguntaréis, ¿otra vez? Yo también me hice esta pregunta… Y una voz interior me contestó: “Sí, lo vais a estudiar hasta que lo aprendáis”. Un aprendizaje más profundo, no solo intelectual. No se trata de memorizar las cualidades del hombre de bien descritas en el Evangelio según el Espiritismo. De lo que verdaderamente se trata es de interrogar la conciencia de forma honesta y continuada, para averiguar si estamos haciendo todos los esfuerzos que podemos por alcanzar las virtudes de la humildad, la generosidad, la bondad y la indulgencia. Kardec nos enseña que el verdadero espírita se conoce por su transformación moral y por los esfuerzos que realiza para dominar sus malas inclinaciones. No son pocas nuestras malas inclinaciones, pero los que nos decimos espíritas debemos poner toda nuestra energía en conocerlas y dominarlas.


No vale con posponer el trabajo de auto-mejoramiento o con quejarse de todo lo que hay que hacer para crecer en paciencia, humildad o benevolencia… ¡Es nuestro trabajo! Así es, un trabajo; el más importante, el más urgente, el que deberíamos priorizar sobre todos los demás porque a esto hemos venido. Cuando en el trabajo un jefe nos dice que hay que hacer algo; cuando conseguimos un puesto de trabajo y nos disponemos a realizar todas las tareas que supone el empleo, no solemos quejarnos - o por lo menos no deberíamos. Es lo que que hay que hacer e ya está. Pues con la vida no deberíamos tener menos diligencia. Una encarnación es un oportunidad de crecimiento, de aprendizaje, de expiación de deudas pasadas o pruebas para la vida futura. Quejarnos de lo que nos sucede o nos deja de suceder, así como posponer el dominio de nuestras malas inclinaciones, es actuar con desidia e irresponsabilidad. Cuanto antes nos demos cuenta de que solo uno mismo puede corregir el rumbo y el ritmo de su trayectoria evolutiva, menos sufrimientos atraeremos hacia nuestras vidas.


De momento solamente tenemos momentos de "hombre de bien”. Analizando estos momentos podemos llegar a comprender cómo nos portamos entonces, las renuncias que hemos tenidos que hacer para dominar al ego y la satisfacción experimentada en hacer lo que es debido. Podemos poner como objetivo inicial tener más momentos de hombre de bien, o entonces alargar estos momentos un poco más. Cuando lleguemos a ser los hombres y mujeres de bien que en potencia existen en nuestro interior, ¡que felicidad gozaremos! !qué planeta será la Tierra! ¡qué dicha en todas partes! Hasta entonces, amigos, demos gracias por las oportunidades de servicio que recibimos a diario; enfrentémonos a las dificultades regeneradoras con serenidad y entereza; solidaricémonos con los que sufren más que nosotros; pongamos todas nuestras energías en conocer y dominar las zonas de nuestra personalidad que necesitan iluminarse. En el fondo, todos sabemos qué es lo que nos falta hacer bien y menor, y cómo lo podríamos hacer. El espiritismo es una doctrina esclarecedora, pero solo el/la espírita puede mejorarse.

Con mis más sinceros deseos de que encontremos en nuestra conciencia todas las fuentes de desarmonía que nos hacen vulnerables, doy gracias al Maestro por habernos enviado sabios espíritus y nuestra amada doctrina. Con responsabilidad, energía y alegría, seguimos iluminando nuestra psicosfera mental, para que el hombre y la mujer de bien que existen en potencia dentro de cada uno de nosotros pueda en fin lucir.


Cariños de la hemana menor

miércoles, 11 de junio de 2014

Interroga a tu conciencia

Hola familia,

nuestros queridos monitores nos envían el texto de estudio para el próximo sábado. 

Cariños de la hermana menor

El hombre de bien

En consonancia con las enseñanzas de la Doctrina Espírita, el Espíritu demuestra su elevación, cuando todos los actos de su vida corporal evidencian la práctica de la ley de Dios y cuando comprende anticipadamente la vida espiritual. Un Espíritu en esas condiciones morales, cuando está encarnado, se convierte en el prototipo del hombre de bien.

Se puede decir, que el verdadero hombre de bien es aquel que practica la ley de justicia, amor y caridad en su mayor pureza. Si interroga a su conciencia sobre los actos realizados, se preguntará si no transgredió esa ley, si no hizo mal, si realizó todo el bien que podía, si desaprovechó voluntariamente alguna ocasión de ser útil, si nadie tiene algún motivo para quejarse de él; en fin, si hizo por el otro todo lo que desearía que hiciesen por él.

Deposita su fe en Dios, en Su bondad, en Su justicia y en Su sabiduría. Sabe que sin Su permiso nada sucede, y se somete a Su voluntad en todo. Tiene fe en el porvenir, razón por la cual coloca los bienes espirituales por encima de los bienes temporales. Sabe que todas las vicisitudes de la vida, todos los dolores, todas las decepciones son pruebas o expiaciones y las acepta sin quejarse. Imbuido del sentimiento de caridad y de amor al prójimo, hace el bien por el bien mismo, sin esperar ninguna recompensa; retribuye bien por mal, asume la defensa del débil contra el fuerte, y sacrifica siempre sus intereses en favor de la justicia. Siente satisfacción por los beneficios que esparce, por los servicios que presta, por hacer dichosos a los otros, por enjugar lágrimas, por los consuelos que brinda a los afligidos. Su primer impulso es pensar en los otros antes que en sí mismo, y cuidar los intereses de los otros antes que su propio interés. El egoísta, por el contrario, calcula los provechos y las pérdidas que pueda obtener de toda acción generosa.
El hombre de bien es bondadoso, humanitario y benevolente con todos, porque ve a los hombres como hermanos, sin distinción de razas ni de creencias. Respeta las convicciones sinceras de los otros y no condena a los que no piensan como él. En todas las circunstancias toma como guía la caridad, y está convencido de que aquel que perjudica a alguien con palabras malévolas, que hiere con su orgullo o con su desprecio la sensibilidad de otro, que no retrocede ante la idea de causar un sufrimiento, una contrariedad por mínima que sea cuando puede evitarlo, falta al deber de amar al prójimo. No alimenta odio, ni rencor, ni deseo de venganza. Siguiendo el ejemplo de Jesús, perdona y olvida las ofensas y sólo recuerda los beneficios, porque no ignora que así como haya perdonado, será perdonando a su vez. Es indulgente con las flaquezas ajenas, porque sabe que él también necesita de la indulgencia de los otros y tiene bien en cuenta aquellas palabras de Cristo: “El que de vosotros esté sin pecado, que arroje la primera piedra”. No se complace en buscar los defectos ajenos, y menos aún, en ponerlos en evidencia. Si se ve obligado a hacerlo, procura siempre el bien que pueda atenuar el mal. Estudia sus propias imperfecciones y trabaja incesantemente para combatirlas. Emplea todos sus esfuerzos para poder decir al día siguiente que hizo algo mejor que lo realizado en la víspera. No procura darle valor a su inteligencia ni a su talento a expensas del menoscabo de los otros, sino que por el contrario, aprovecha todas las ocasiones para resaltar lo que ellos tengan de beneficioso. No se envanece de su riqueza ni de sus ventajas personales porque sabe que todo lo que se le ha concedido, pueden quitárselo. Usa pero no abusa de los bienes que se le ha otorgado, porque sabe que es un préstamo del que tendrá que rendir cuentas, y que el empleo más perjudicial que pueda hacer del mismo, es utilizarlo para satisfacer sus pasiones.
Si el orden social puso a otros hombres bajo su dependencia, los trata con bondad y benevolencia, porque son sus iguales ante Dios. Utiliza la autoridad que posee para elevar la moral de esos hombres, no para oprimirlos con su orgullo. Evita cuanto le es posible tornarles más penosa la posición de subordinados en la que se encuentran. A su vez, el subordinado comprende los deberes que le competen en la posición que ocupa y se empeña en cumplirlos a conciencia.

Finalmente, el hombre de bien respeta en sus semejantes todos los derechos que las leyes de la Naturaleza les concede, así como quiere que se respeten en él esos mismos derechos.

No quedan así enumeradas todas las cualidades que distinguen al hombre de bien; pero, aquel que se esfuerce por poseer las que acabamos de mencionar, se encuentra en el camino apropiado que lo conducirá a todas las demás.

Sintetizando todas las cualidades del hombre de bien, encontramos en el Evangelio, la figura del buen samaritano, verdadero paradigma que debería ser seguido por aquellos que anhelan alcanzar la perfección moral. Para responder al doctor de la ley que le pregunta quién es su prójimo, al cual debería amar como a sí mismo, el Maestro Divino narró:

Un hombre que descendía de Jerusalém a Jericó, cayó en manos de asaltantes, que lo despojaron, lo hirieron y se fueron dejándolo medio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel lugar lo vio, y, tomando otro camino, pasó de largo. Pero un samaritano que viajaba, al llegar al lugar donde yacía aquel hombre, al verlo, tuvo gran compasión, y acercándose a él, le puso aceite y vino en las heridas y las vendó. Después, lo colocó sobre su caballo, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero diciéndole: “cuida muy bien a este hombre, y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese”. “¿Quién de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los asaltantes?” El doctor respondió: “Aquel que tuvo misericordia de él”. Entonces Jesús le dijo: “Vete y haz tú lo mismo”. (Lucas, 10: 25 a 37)


¿Cuál es la enseñanza que nos brindó el Maestro? Esa enseñanza es que, para poseer la vida eterna no basta con que memoricemos los textos de la Sagrada Escritura. Lo necesario, lo esencial para obtener ese objetivo, es que pongamos en práctica, que vivamos la ley de amor y de fraternidad que él nos reveló y ejemplificó.

Muestra Jesús que todos nosotros estamos en condiciones de brindar amor al prójimo, aunque no seamos bien considerados por la sociedad, ya que toma a un hombre despreciable a los ojos de los judíos ortodoxos, a quien se lo consideraba hereje. Este hombre, es un samaritano, e ¡increíblemente, lo pone como modelo, como patrón de aquellos que deseen penetrar en los tabernáculos eternos! Y es que aquel renegado sabía realizar buenas obras, sabía amar a sus semejantes, y para Jesús, lo importante, lo que vale, lo que pesa, son los buenos sentimientos, porque son ellos los que modelan las ideas y dinamizan las acciones.

Efectivamente, según especifica Kardec, toda la moral de Jesús se resume en la caridad y en la humildad, esto es, en las dos virtudes contrarias al egoísmo y al orgullo. Todas sus enseñanzas señalan a esas dos virtudes como las que conducen a la felicidad eterna:
Bieaventurados, dice, los pobres de espíritu, es decir, los humildes, porque de ellos es el reino de los cielos; bienaventurados los que tienen puro el corazón; bienaventurados los que son mansos y pacíficos; bienaventurados los que son misericordiosos; amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos; haced por los otros lo que quisierais que hagan por vosotros; amad a vuestros enemigos; perdonad las ofensas si queréis ser perdonados; practicad el bien sinostentación; juzgaos a vosotros mismos antes de juzgar a los otros. Humildad y caridad, es lo que no cesa de recomendar y de lo que Él mismo nos da ejemplo. Orgullo y egoísmo, es lo que no se cansa de combatir. Y no se limita a recomendar la caridad, sino que la expone claramente y en términos explícitos como condición absoluta de felicidad futura.

El hombre de bien, por lo tanto, es todo aquel que vivencia el sentimiento de caridad en todos los actos de su existencia.

Aún en ese contexto, es oportuno resaltar que las cualidades del hombre de bien son las que todo espírita sincero debe buscar para sí mismo. Esto porque el Espiritismo no establece ninguna nueva moral, simplemente facilita a los hombres la comprensión y la práctica de la moral de Cristo, y posibilita que los que dudan o vacilan puedan adquirir una fe inquebrantable y esclarecida.

Por eso Kardec afirma: Se reconoce al verdadero espírita por su transformación moral y por los esfuerzos que realiza para dominar sus malas inclinaciones.

Finalmente, diremos, también con Kardec: Caridad y humildad, tal es la única senda de salvación. Egoísmo y orgullo, tal es la de la perdición. Todos los deberes del hombre se resumen en esta máxima:  

FUERA DE LA CARIDAD NO HAY SALVACIÓN.

martes, 10 de junio de 2014

20 aniversario del Centre Espírita Amalia Domingo Soler - Parte 2

Por Teresa Vázquez
Texto publicado en Visió Espírta números 3 y 4

Participando de los estudios del Grupo Fraternidad Espírita Cristiana del Sr. Salvador Sanchís, fuimos aprendiendo muchas cosas. Nos reuníamos todas las semanas para estudiar la codificación espírita. La dinámica era sencilla: entre todos leíamos los textos de los libros, comenzando por el Libro de los Espíritus e íbamos comentando conforme las inquietudes o dudas. El grupo era muy numeroso, quizá unas veinte personas y de todas las edades.
Allan Kardec, codificador de la Doctrina Espírita

En aquella época (principios de los 90), tuvimos la oportunidad de conocer a Santiago Gené, de Reus, quien participaba esporádicamente en el grupo del Sr. Sanchís, por venir de lejos y por su trabajo, que le obligaba a viajar muchísimo. Provenía de una familia espiritista, la de Pruvi y Manel, que fueron de los primeros espiritistas que se mantuvieron activos durante la dictadura franquista.
Conocer a Santi marcó una nueva etapa para nosotros. Nos ofreció la posibilidad de participar en el II Minicongreso Espiritista Nacional, que se realizó en Málaga el año 1994. 

Le dijimos “minicongreso” porque el movimiento espiritista de entonces era reducido y no queríamos llamarlo congreso todavía. El viaje a Málaga fue toda una revelación. Era la primera vez que veíamos a tantos espiritistas juntos, alrededor de 120 personas de todas partes del territorio español, unidas por un mismo ideal de amor y hermandad.

Todos compartiendo experiencias, escuchando a diferentes conferenciantes y hablando de la doctrina en todo momento. Mi madre y yo estábamos conmocionadas. Divaldo Pereira Franco estaba allí, como siempre, apoyando el movimiento espiritista. La sensación de aislamiento, de exclusión y de incomprensión de la sociedad por el hecho de ser espiritista se disolvió con la compañía de todas aquellas personas que, igual que nosotros, amaban la doctrina como un modo de entender la vida, una forma de vivirla, sentirla, expresarla. A partir de aquella inyección de coraje y de hermandad, fuimos creando vínculos que pertenecían al alma y que por siempre jamás formarían parte de nuestra historia; personas estimadas como los compañeros de Montilla, de Málaga, de Alicante, de Madrid, de Valencia, de Igualada, de Lérida… Personas que pertenecen a la historia de CEADS por su espíritu y su empuje.


Un amigo de la familia nos hizo saber que había visto un rótulo en la calle Valencia de una asociación espírita llamada “La voz del alma” actualmente Asociación Catalana de Estudios Prácticos del Espiritismo (ACEPE). 
¡Un rótulo en la calle anunciando una asociación espiritista! Era una novedad muy estimuladora. 

Nos pusimos en contacto con ellos para poder ir a una jornada de convivencia que hacían en su local. Allí entre otros, conocimos al radiólogo dominicano Fernando Lora, la persona que nos enseñó a estudiar la doctrina sistemáticamente, con metodología didáctica y vivencial. Él venía de la escuela espiritista brasileña y contaba con una larga experiencia en la organización docente de centros espiritistas. Impulsados por sus consejos, su empuje e ilusión y siguiendo las sugerencias del maestro Allan Kardec en cuanto a la divulgación de la doctrina, creamos un nuevo grupo espiritista en el Ensanche barcelonés: el Grupo Espiritista Sagrada Familia, en honor al barrio donde vivíamos. Este fue el verdadero origen del actual CEADS.

Arriba, Fernando Lora (de bigote) y compañeras espíritas.

Éramos un grupo popular de muy pocas personas, llenas de ilusión y de alegría, animadas por una vivencia espiritista que nos había dado un verdadero sentido a la vida y a la muerte, una visión amplificada del significado del ser. Así pues comenzamos a organizar las primeras clases de estudio doctrinario y las primeras acciones sociales espiritistas en colaboración con el Grupo Fraternidad Espírita Cristiana. Fueron unos años de un intenso aprendizaje y dedicación.

Repasar la memoria del centro es recordar1 tantas vivencias, anécdotas, experiencias, acciones, emociones i personas que han formado parte del camino de CEADS. En esta ocasión es, en compañía de Fernando Lora y otros compañeros de aprendizaje, que vivenciamos un hecho que nos dio fuerzas y coraje para continuar desarrollando la tarea de voluntariado.

Una vez más un numeroso grupo de compañeros espiritistas, vinculados a lo que se acabaría llamando Centre Espírita Amalia Domingo Soler, íbamos a colaborar al Cottolengo del Padre Alegre. 
Hermana Sabina en el Cotollengo del Padre Alegre -  Barcelona
Cuando llegábamos las monjas de la institución nos distribuían en diferentes tareas según las necesidades del día: unos en la cocina a lavar platos y ayudar a preparar la comida, otros a acompañar a hombres, mujeres y niños de las diferentes secciones y cuando era la hora de comer, ayudábamos a poner las mesas y dar de comer a quienes no se valían por sí mismos.
En todas las secciones había casos extremos de malformaciones crónicas que inspiraban mucha compasión, pero era en la sección infantil donde todo parecía más doloroso. Una de las niñas nos tenía robado el corazón, era Mercedes o Merceditas como la llamábamos. Con poco más de un año se electrocutó al poner los dedos en un enchufe. Los padres, con pocos recursos y viendo que la niña necesitaría mucha atención y cuidados permanentes, decidieron dejarla en el Cottolengo sabiendo que allí estaría bien atendida. Con el tiempo, las visitas se fueron distanciando hasta que la dejaron de ver.

La discapacidad de Merceditas con 12 años aproximadamente, era grave. La deformidad de su cuerpo era tal que al llevarla a la cama donde la tenían protegida por diferentes cojines que la mantenían en una posición determinada, que las monjas iban cambiando para evitar la aparición de llagas, la disponían en una silla de ruedas especial que, con correas y cojines, mantenía su cuerpo casi derecho para facilitarle la respiración entrecortada y dificultosa que sufría.

Su mirada estaba ausente, siempre mirando hacia arriba como buscando alguna cosa. El único sonido que emitía era una tos ronca y asfixiante que parecía que dejaría de respirar en cualquier momento. Comía triturados muy líquidos para poder facilitar la deglución. Había muchos otros casos de personas adultas, jóvenes y niños que marcaban el corazón, pero Merceditas nos lo tenía robado a nosotros.

La caridad es un acto de amor que tiene doble vía de intercambio. Conscientes de ello, acariciábamos a los internos todo lo que podíamos, de forma discreta, cogiéndoles la mano, atusándoles el pelo, mirándoles a los ojos, riendo con ellos, escuchándolos. El flujo de amor va y viene como las olas del mar, inagotables. Salíamos del Cottolengo llenos de misericordia y humildad, sabiendo que aunque sus cuerpos estuvieran ausentes a las caricias o las palabras de afecto, sus almas las podían recibir. Mercedes nos dio el testimonio de esta realidad.

Un día al llegar al Cottolengo, las monjas nos dijeron que Merceditas ya no estaba, había muerto pocos días atrás. Todos nos quedamos conmocionados.

Pocos días después, antes de acabar la reunión mediúmnica de trabajo en nuestro Centro, vino un espíritu que no pudo hablar, solamente lloraba de emoción y alegría. Nos inspiró una gran ternura y alguien pensó que podría ser Mercedes, pero sólo eran conjeturas.

En la siguiente reunión de mediumnidad, Mercedes se presentó serena, sonriente, satisfecha y nos explicó la situación en la que se encuentran los espíritus como ella, atrapados en cuerpos deformes e imposibilitados para expresarse, aprendiendo a ser humildes, pacientes, agradecidos, dóciles y lo mucho que agradecían las palabras, los pensamientos, las caricias de apoyo y esperanza. Nos dijo que cada palabra, cada gesto y cada pensamiento que emitíamos hacia ella, vibraba con ondas de bálsamo y armonía que descansaban en su alma como si estuviese en una cuna. Nos agradecía nuestra dedicación y nos animaba a continuar ejercitando la caridad por el bien que hace a quienes la practican y sobre todo a quienes la reciben, nos decía. Se fue con una sonrisa diciéndonos que siempre que le permitiésemos nos ayudaría en lo que pudiese.

(1) recordar: “volver a pasar por el corazón” viene del bajo latín recordare que se compone del prefijo re- (‘de nuevo’) y –cordare formado desde el nombre cor, cordis (corazón).


...continurá...

domingo, 8 de junio de 2014

Ego, ¿el gran villano?

Hola familia,

como sabéis, este sábado no ha habido clase en CEADS. Nos hemos organizado para acudir a la jornada anual de nuestros amigos de la Asociación de Estudios Espíritas de Igualada

No hay resumen de clase, pero si me permitís, compartiré unos apuntes que hice no sé exactamente cuando, mientras estaba leyendo no sé exactamente qué. Lo que sé es que el EGO ha estado muy presente en mis meditaciones en los últimos días. Os he de confesar que le estaba echando toda la culpa por el sufrimiento que he visto a mi alrededor. En mis análisis de lo que he vivido en los últimos días, el ego se había convertido en un verdadero villano. Pero no es así. Buscando otra cosa… fijaros en como trabaja la espiritualidad amiga, encontré estos apuntes. Como me ha sorprendido esta visión de lo que yo misma había escrito, tal vez sorprenda a más de uno por ahí también.

Joanna de Angelis describe al ego como una especie de energía espesa que nos envuelve. Realmente debe de ser así, puesto que si piensas en un espíritu de luz, no te imaginas nada espeso o denso a su alrededor. Pero resulta que el ego tiene algunas funciones evolutivas básicas, es decir, es útil y necesario para el desarrollo de los principios espirituales en su trayectoria hacia la perfección. ¿Qué funciones serían estas?

FUNCIÓN BÁSICA 1 - Dotar al ser de un sentido de auto-preservación (lucha/destrucción) para la sobrevivencia. Este es un aprendizaje necesario para alcanzar niveles más complejos de conciencia.
  • TRAMPA : Abuso de la fuerza.
  • SENTIMIENTO NEGATIVO: Ira; enfado; agresividad; miedo.
  • SENTIMIENTO POSITIVO: Agilidad mental y física; creatividad; iniciativa.
  • ENFERMEDAD: Suicidio conciente o inconciente (auto-destrucción a través de las adicciones)
  • PROFILAXIA: La gratitud
  • SEGURO: Compasión con uno mismo y con los demás
  • EJERCICIO: Visualización del guerrero interior lleno de sabiduría, equilibrio, honestidad; darle gracias por su labor.



FUNCIÓN BÁSICA 2 - Dotar al ser de un sentido de identidad que le diferencia de los demás.
  • TRAMPA : Creerse superior a los demás.
  • SENTIMIENTO NEGATIVO: Orgullo.
  • SENTIMIENTO POSITIVO: Alegría de ser diferente y único; auto-aceptación y aceptación de los demás.
  • ENFERMEDAD: Sentimiento de vacío; inadaptación; intolerancia; rigidez.
  • PROFILAXIA: Paciencia
  • SEGURO: Humildad; toleracia.
  • EJERCICIO: Redactar el diario de un viajero hacia la luz


FUNCIÓN BÁSICA 3 - Ofrecer resistencia a niveles de verdad a los que todavía no estamos preparados. Funciona como una especia de represa. De no ser por esta función del ego, la luz de la verdad nos cegaría - de hecho vemos como mucha gente que “picotea” por diferentes religiones bebiendo en diferentes fuentes de la verdad puede experimentar una sensación de pérdida de orientación abrumadora. Un ego bien estructurado nos ayuda a avanzar poco a poco hacia niveles cada vez más elevados de conciencia. Progresivamente nos iluminamos y despejamos nuestra atmósfera psíquica de la energía densa de la que nos habla Joana de Angelis.
  • TRAMPA: Nos podemos llegar a creer más preparados, espiritualizados o iluminados de lo que somos
  • SENTIMIENTO NEGATIVO: Vanidad; autoritarismo.
  • SENTIMIENTO POSITIVO: Auto-conocimiento; deseo de aprender más intelectual y moralmente.
  • ENFERMEDAD: Fascinación; Salvacionismo.
  • PROFILAXIA: Escucha activa; identificar la sabiduría de las cosas y de las personas más sencillas.
  • SEGURO: Constancia; disciplina; actitud de servicio.
  • EJERCICIO: Silencio. Auto-visualización como polvo de estrellas.


Me ha encantado encontrar estos apuntes porque el que era para mí el gran villano de la semana se ha convertido ahora mismo en una herramienta más de progreso, parte de la pedagogía cósmica que nos conduce a todos hacia la perfección. El ego no es el villano, hermana menor. Bien estructurado, es espacio de crecimiento, es luz potencial. El villano  o el héroe de la película de cada uno es siempre uno mismo. Ni siquiera al ego podremos culpabilizar. A fin de cuentas, culpar el ego por nuestras actitudes negativas sería como culpabilizar a la mano por pegarle una bofetada a alguien… Libre albedrío y responsabilidad son las palabras de orden. Cada uno de nosotros imprime una dirección y un ritmo único a su trayectoria hacia la luz.

Gracias Maestro, por viajar con nosotros; gracias espiritismo por enseñarnos tanto; gracias CEADS por tantas oportunidades de servicio; gracias a Dios por dotarnos de un ego que nos posibilita luchar por la subsistencia, reconocernos como seres únicos y ampliar paulatinamente nuestros niveles de conciencia.

Cariños de la hermana menor